Proyecto Juan José Morales |  Los Humedales, el mundo inolvidable de Juan José | Por Adriana Varillas

Posted on marzo 12, 2018, 7:19 am
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La primera vez que escuché sobre el maestro, Juan José Morales, fue hace 17 años, cuando el entonces director del periódico “Cancún, La Voz del Caribe”, Fernando Martí, me encargó recabar material para el primer Atlas municipal. Entre toda la información solicitada, debía conseguir cuántos y cuáles eran los tipos de manglar existentes en el municipio de Benito Juárez.

“¿Man…qué?” -me dije en voz baja- pero la expresión de mi cara, seguramente me delató, así que el también cronista de la ciudad me dio una segunda instrucción: “Busca a Juan José Morales”.

Recuerdo haberle marcado al maestro, al teléfono de su casa y jamás olvidaré que, sin siquiera conocerme en persona, se ofreció gustoso a compartirme su material sobre los manglares, un tipo de humedal conformado por “densas masas de árboles” que vive en aguas salobres o saladas, “que mucha gente considera un molesto estorbo”, pero que constituye un ecosistema de enorme riqueza biológica.

En uno de sus libros sobre los ecosistemas de la Península de Yucatán, editado en 1992 por la asociación Amigos de Sian Ka’an (ASK), el divulgador científico resaltó que de los manglares, que crecen en las Ciénegas, rías, esteros y pantanos a lo largo de la zona costera de la Península, depende la actividad pesquera, que constituyen un filtro natural de contaminantes, que son una barrera que contiene el impacto de los huracanes y que su destrucción en masa “podría ocasionar un desastre”.

A través del trabajo de Juan José, una persona como yo, nacida en una ciudad y poco familiarizada con la naturaleza, pudo saber que en la península yucateca hay cuatro especies de mangle: El rojo, ele negro, el blanco y el botoncillo; también, que hay manglares de franja, que son los que bordean a las bahías o los manglares chaparros, cuya altura es muy corta. Todos, pueden crecer en suelos permanente o temporalmente cubiertos de agua y son muy resistentes a la salinidad.

Con los años, fui aprendiendo más sobre los manglares y de la enorme importancia de protegerlos, pues al desaparecer este tipo de humedal, “la franja costera quedaría convertida en un desierto, como ya ha ocurrido en algunos sitios en las costas de Yucatán y Quintana Roo”, según lo escrito por el también pionero del Periodismo Científico en México.

De acuerdo con la edición 2015 de Manglares de México, monitoreo de la Comisión Nacional para el Uso y Conocimiento de la Biodiversidad (Conabio), la superficie de manglar entre 1970 y 1980 en Quintana Roo, era de 137 mil 910 hectáreas, con cero porcentaje de perturbación.

Para el 2005, se reportaron 130 mil 210 hectáreas de manglar y para 2010, 128 mil 048 hectáreas. Según el informe, para 2015 hubo una recuperación del ecosistema y la superficie de manglares creció a 129 mil 902 hectáreas; sin embargo, también creció la superficie de manglar perturbado, de 464 hectáreas en 2005 a mil 717 hectáreas.

La anécdota en general, me sirve no sólo para insistir en que la conservación y protección de los manglares, tendría que ser un asunto de estrategia y política pública, para beneficio sí, del medio ambiente, pero sobre todo del propio turismo y más aún, de la población.

Es además, pretexto para destacar el valor del trabajo que, como divulgador de la Ciencia, realizó Juan José Morales Barbosa, para adentrarnos de forma sencilla y muy amena, a mundos llenos de tecnicismos y sobriedad, que constituyen una barrera entre el deseo de saber y el conocimiento científico.

“Los humedales, un mundo olvidado”, “El mar y sus recursos” y “La gran Selva Maya”, son libros que fueron financiados en los años 90, con patrocinio del Fondo Mundial para la Vida Silvestre, el Consejo para la Protección de Humedales de Norteamérica y otras instituciones, además de Amigos de Sian Ka’an.

Sin embargo, es material que por su trascendencia y valor en términos de educación ambiental y Ciencia, tendría que ser reeditado y distribuido entre la población local y en las escuelas, para promover el conocimiento de esos recursos naturales, la apropiación y la participación ciudadana en su cuidado y defensa.

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