Gordon Willis, director de fotografía de clásicos como la trilogía de El Padrino y varias de las películas más conocidas de Woody Allen como Annie Hall o Manhattan, ha muerto a los 82 años.

“Es una pérdida enorme”, dijo Richard Crudo, presidente de la American Society of Cinematographers, a Deadline. “Era uno de los gigantes que cambió absolutamente la imagen de las películas”.

Gordon Willis, director de fotografía de clásicos como la trilogía de El Padrino y varias de las películas más conocidas de Woody Allen como Annie Hall o Manhattan.
Willis recibió en 2010 un Oscar honorífico por su trayectoria y fue nominado anteriormente por Zelig, de Woody Allen, y la tercera entrega de El Padrino.

Su trabajo aportó un imaginario único y a menudo impactante a toda una serie de películas desde Manhattan o el thriller Todos los hombres del presidente, sobre el escándalo de Watergate.

En películas de suspense como El último testigo y Klute, por la que Jane Fonda ganó su primer Oscar, la cámara de Willis evocaba un estado onírico que según los críticos elevó las películas al estatus de clásicos.

Willis, originario del barrio de Queens en Nueva York, trabajo a menudo con Francis Ford Coppola, director de El Padrino, Pakula y sobre todo con Allen, con quien hizo ocho películas, incluidas Manhattan, en blanco y negro, Annie Hall, La rosa púrpura de El Cairo, Interiores, Recuerdos y Broadway Danny Rose.

Willis achacaba su estilo visual a su condición de hombre de la Costa Este. Nacido en Queens, Nueva York, en 1931, él y su familia aprendieron a salir adelante por el túnel de La Gran Depresión. Estar lejos de Hollywood le permitió idear mundos que jamás se hubiesen permitido bajo los estrictos parámetros estéticos de los grandes estudios. Cuando en 1972 se estrena el primer Padrino el impacto y la polémica fue mayúscula. A Marlon Brando, su principal estrella, no se le veían los ojos, que aparecían como dos cuencas negras y oscuras.

El rostro del actor, envejecido con un pesado maquillaje, permanecía en gran parte del metraje a oscuras. Un trabajo con luz cenital que en realidad nació como una necesidad para ocultar el trabajo de cabina y hacer creíble que el actor, entonces con 48 años, pasara por un hombre casi anciano. “Me criticaron mucho porque no se veían sus ojos”, contó años después Willis. “Lo cierto es que muchas veces oculté sus ojos a propósito porque eso acentuaba el misterio de un personaje del que en realidad nunca sabemos en qué está pensando”.

Imitado hasta la saciedad, Willis convirtió en arte la baja exposición, la pantalla casi negra, los personajes en sombra, caminando como fantasmas por pantallas que llevaban la oscuridad de las pesadillas al territorio de los sueños. (Fuente: Agencias)

Comentarios en Facebook