POIESIS | “La nueva risa de Verónica” | Por Ángel Fuentes Balam

El autor además de este cuento, ha publicado los libros "Melodía tu engranaje quieto", "Cruoris o la rabia que fuimos", "Devoré el cráneo de Eros" y "Ya nadie cuida las antorchas"

Posted on octubre 14, 2020, 9:01 am
10 mins

Verónica contaba los mejores chistes. Algunos eran de un humor tan negro, tan negro, que había trabajado en los campos de algodón. Otros, eran rojos, lúbricos y mojados como cuatro labios enfrentados en fiera y desigual batalla. Algunos eran verdes, como el rabo de un viejo que gustara de coleccionar colegialas; los menos, eran bobos, cual perrito llamado pegamento.

Ella lanzaba bromas cuando eran menos necesarias y más de una vez causó molestia entre su auditorio. “No seas inoportuna, Verito” o “no chingues, Vero, con eso no se juega”. Pero poco le importaba. Parecía decidida a burlarse de todo.

Era natural que muchas personas la consideraran insoportable o encantadora.

Yo mismo me encontraba en medio de los días, navegando hacia ella en corrientes contrarias: en ocasiones reía a carcajadas por sus ocurrencias, y en otras, levantaba una ceja para desacreditarla. Mis velas se izaban con la potencia de su ingenio.

Verónica reía mucho. Su irreverencia era tan contagiosa como el Coronavirus o el Ébola. Y más allá de eso, tenía el poder de sacarle una risa hasta a su peor enemigo.

Le gustaba divertir a la gente.

Verónica llegaba a casa y su madre la recibía de mala cara.

—Se parece a Jabba The Hutt —me decía—. Un día va a congelarme en un bloque de carbonita.

El padre de Verónica nunca alcanzó a oír sus cómicas imprudencias: se fugó con una chica jovencísima: era tan joven que sus tangas no eran más que pañales recortados; tan joven que todos los sacerdotes la buscaban; tan joven que era igual de joven que Verónica y se llamaba igual que ella. El remate del chistecito de su padre: bautizar a la niña con el nombre de la amante.

—Me he dado cuenta de que a todos los que me cogen les digo “papi”. Lo curioso es que tampoco se quedan para mis cumpleaños —confesó una noche.

La madre había desarrollado un no sé qué de resentimiento hacia ella, tanto como para pensar que, de alguna forma, su hija era más hija de la otra. La ironía es que mientras más crecía, más se parecía al padre. No hay bromista más cruel que la vida.

Luego de reír en público, Verónica se encerraba a llorar.

No sabía explicar cómo, pero todo este asunto de existir le causaba un dolor insostenible. Desde niña, ella miraba con tristeza todo lo que la rodeaba. Veía tristeza en las sillas rotas de la escuela, en las hombreras solitarias que colgaban desde las entrañas del ropero, en los centros comerciales y en el cine. Sobre todo, veía la tristeza en el rostro de los demás, aunque ellos mismos no supieran que ahí estaba. Es por eso que Verónica trataba de espantárselas, cual si fuese un animal postrado en las narices. Ella quería ser más rápida que la tristeza; entonces, decía una broma. Cuando la persona reía, la tristeza se iba volando y Verónica podía respirar.

Cuando alguien lloraba, no obstante, ella era la primera en acudir a su encuentro y no hacía más chistes: sólo miraba los ojos desnudos de su interlocutor y los envolvía con la más dulce empatía que haya podido ver.

Intentaba auxiliar a todos. Sin embargo, ella no sabía qué hacer con el dolor propio. Se preguntaba de dónde venía, cuál era su origen. Trataba de acostumbrarse a vivir con él, como si fuese un parásito intestinal. Lo combatía burlándose de sí misma, para hacerlo más pequeño.

—¡Ponte unas cumbias para que me vuelva una depresión tropical! —gritaba.

En las fiestas ella se excedía. Nadie le prestaba atención, porque ella lograba desviar al público de sus ojos rojos, de su boca reseca y su caminar errante, con su ingenio desarrapado. Sólo yo comencé a notar que Verónica se metía al baño y vomitaba muy fuerte, hasta pasar sangre. O se tomaba todo lo que encontraba hasta quedar desmayada en mis piernas o en mi hombro. Todos pensaban que era así: alocada y eufórica.

Verónica no estaba viviendo al máximo: quería morir en el tiempo mínimo.

Hubiese querido darme cuenta de sus gritos; pero los disfrazaba con agudas frases hechas, todo en ella parecía ilusorio, como si contara una rutina cómica y enrevesada.

—El suicidio es lo única cosa que si te sale mal, la gente no se enoja contigo.

Cuando la encontraron colgada, tenía su vestido favorito. Sobre la mesita de su habitación había una notita que parecía un remate: “Perdón, fue sin querer”.

Lloré, vociferé, me arranqué los cabellos.

Sólo cuando la miré en el ataúd, pude comprender lo sola que se sentía, lo terrible de su vacío, la desesperanza que albergó en su pecho.

Ella no hubiese consentido que los presentes nos entregásemos a tal dolor. Hubiera contado la anécdota del tipo que va al funeral del padre de su amigo, llega hasta él y le dice: “Lo siento”, y el amigo le responde: “No, déjalo acostadito”.

Y dentro de esa marea de tela negra, comprendí que la risa de Verónica nunca fue veraz. Su risa había sido un escudo endeble contra unas lágrimas que se clavaban profundo como flechas. Era una risa de atrezzo, una risa sin chiste.

Al acercarme para decirle adiós, miré su rostro. Con inmarcesible suavidad, sus labios se curveaban —muy breves— hacia arriba. Estaba sonriendo. Era un gesto verdadero, único, eterno.

Tras de mí, con el rostro desencajado, había un hombre, bajo un corto cabello cano. Se parecía a ella, sólo que más desamparado, infinitamente abandonado. Era su padre.

Sólo en ese momento reparé en que era su cumpleaños, ella estaba cumpliendo veinticinco: al fin tenía su anhelada celebración.

Frente a ella, dormida plácidamente sobre un fondo azul, derramé una sonrisa, cuajada con agua salada.

—Siempre te gustó dormir hasta tarde —susurré con la garganta hecha un ovillo de agujas—. Ya no puede seguirte la tristeza.

Verónica curaba las peores lágrimas.

Más de una vez, me perdí al visitar su tumba. Hasta parecía que se cambiaba de lugar en la necrópolis. Fue absurdo.

Aunque ella lo hubiera contado mejor.

 


Ángel Fuentes Balam.

Mérida, Yucatán, México. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Director de “Perros que parecen laberinto Teatro”. Es autor de los libros: “Melodía tu engranaje quieto” (Editorial El Drenaje), “Cruoris o la rabia que fuimos” (Libros en Red), “Devoré el cráneo de Eros” (Ediciones O) y “Ya nadie cuida las antorchas” (Sangre Ediciones. En proceso). Ha publicado en antologías y revistas a nivel nacional e internacional. Productor de: “Buqueic” (2017-2018), presentación de lectura y acciones escénicas sobre literatura erótica, realizada por autores mexicanos. Actualmente, es director y profesor de la Compañía Escuela de Teatro

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