POIESIS | Como pájaros inquietos | Por Saraí Santillán

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Era 2006.

Yo veía en su sombra las hojas de un haya moverse como pájaros inquietos que buscan el nido antes de una tormenta de octubre.

El recuerdo de su leve sonrisa apuntando al oeste me dejó insomnios desde los 13 a los 20. Entre jugueteos pronunciaba su apellido disfrutando el rozar de la lengua con los dientes, la vibración suave y perfecta de la “L”: Lemoine.

Lemoine, el bosquejo de los silencios, como un epitafio, como el azar vago que cuelga de las almas en veda, como el cantar de las aves, así se arrimaba su imagen a mi memoria.

La ingenua vocación de escribirle versos, de formar surcos con palabras, de estampar caricias que ardían en la piel como el verano, terminaba siempre en lo mismo: un eco con su nombre.

Lemoine, el deseo caduco del amor a los trece. Un signo lingüístico, una cifra, una insignia de belleza del hombre imberbe; la palma de la mano leída por un mamboretá, que en la tarde anunció el fin.

Cada año, el sol de abril y de julio rezan al pasto, a la banqueta, a una silla, recordando los pasos; rinde honor al vestido blanco con flores, a la camisa amarilla de cuadros, de líneas azules, a las almas entrelazadas también en un libro.

No puedo asegurar por qué el humo del café recorría siempre el camino a los labios, a los ojos, al pelo alborotado y removía los pensamientos revolucionarios entre sonrisas, entre planes difuminados en la escueta calzada del ayer y el hoy, del pasado.

Lemoine, en un cúmulo de hojas se escribió tu nombre, con lápices prestos al sonido de la lluvia rebotando en las ramas de un viejo durazno escondido detrás de mi ventana, repasando el Cantar de los Cantares o las historias cortas de amor y muerte.

Lemoine, en días de asueto, desando tu rostro, abro verdades, estrujo el cariño. Desaparezco la mítica lejanía, teoría poética del adiós que me dejó el tren de carga en la ciudad, sonando lento al paso de cerros y ventiscas. El vagón asido de óxido, el gerundio de un español sin raíces, reseco, el susurro sin triunfo de un mísero beso.

En la penetrante claridad de tu nombre soñaba a jugar, Lemoine, con fonemas al aire, valsando al tiempo como una garza en un lago, repitiendo en cámara lenta frente a gotas pequeñas, arrítmicas, blancas.

A destiempo, a distancia fuimos huyendo. Yo de tu nombre, tú de mi amor.

Y hoy pronuncio tu imagen con las manos cruzadas, libres, te despido, te sueño y vuelvo a besarte en el dos mil y tanto, entre tierra negra, olor a hierba y luz.

En los muros creados del presente oigo subir tus pasos a pleno día, sin sombra, sin sitio en el horizonte. Oigo vibrar la “L”, oigo gritar la “A”, fuerte, pero las olas, el mar sobre mis hombros arrastran el azar lejos de ti.

Te contemplo entre flores, entre espesa niebla, en octubre, mientras el otoño recorre las islas, mientras no duermo, no creo.

Se queda el pasado bajo párpados llenos de una vida sin voz por vos.

Lemoine, ya las madrugadas sueñan otros rostros, otros nombres y apellidos, caricias y esperanzas. El verano se esparce en las ventanas simples que resisten aullidos en julio, agosto y septiembre; aullidos de un hombre que no eres tú.

 

 


Saraí Santillán

Nació en Xalapa, en 1993. Estudió la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Periodista y feminista. Actualmente se desempeña como editora y reportera de Noticaribe.

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