“Esta roca… esta roca me ha estado esperando mi vida entera. Desde el día en que nací.”
Aron Ralston en 127 horas

 

–No tengas miedo, solo mantén los puños a la altura de tu cara y muévete, no dejes de moverte, trata de esquivar sus manos y cuando veas un hueco…

Son pocas las instrucciones que Manuel recibe. Una serie de eventos inesperados lo ha puesto ahora arriba de un ring a competir en un torneo regional de box.

Originalmente sería un espectador más, pero su primo, el peleador original, fue derribado por unas paperas repentinas. Parecía que ya le habían dado una buena tunda de lo hinchados que tenía los cachetes. Su tío, que ya había pagado la inscripción al torneo, vio en el pequeño Manolito una oportunidad.

–¿Y si metemos a Manolo en vez de Pablo? Total, se parecen mucho.

–Pero él nunca ha entrenado y peleado tampoco, que yo sepa.

Poco le consultaron, pero todos se entusiasmaron tanto, que a Manuel al principio no le pareció mala idea tampoco.

Ahora tiene puesto un short, zapatos y guantes de boxeador que le quedan grandes. Se siente como el Tontín de Blanca Nieves. Además, el corazón se sacude dentro de su caja toráxica a velocidades inusuales. Tiembla un poco a ratos y a ratos bastante.

Los torneos juveniles son entretenidos para quienes miran. Pero los peleadores tienen que esperar por horas antes de que llegue su turno y si avanzan a la siguiente fase, viene otro período de espera que a algunos les parece eterno. Hay que lidiar con los nervios y la ansiedad antes que con un rival de carne y hueso. A veces luchar contra el aburrimiento.

En cualquier rincón algún muchacho ensaya sus combinaciones.

A Manolo le llegó la hora. El réferi lo llama al centro del cuadrilátero, le revisa los guantes y da unas instrucciones que Manuel no podría repetir si alguien le preguntara. –No le pegues abajo del short ni le vayas a dar codazos ni cabezazos –le advierte su tío.

Su rival es tan feo que antes de comenzar ya lleva cinco golpes de ventaja. –Ese chavo no tiene nada que perder, hazle un favor y arréglale un poco la cara –dice el tío entre carcajadas.

Fuera del Deportivo Magdalena Mixiuca, la vendedora de tacos de canasta hace caja con la fila de peleadores abatidos. Ahora que su contienda ha terminado pueden irse a recetar unos de chicharrón, papas con chorizo y frijoles. Tibio consuelo para aquellos llenos de hematomas, para los desdichados con rostros inflamados, labios rotos, narices chuecas y ojos cerrados. Analgésico de salsa verde bien picosa. Es el picante en las llagas de la boca como una paradójica inyección de anestesia. Que duele profundamente, pero luego alivia.

Suena la campana y un errático Manuel recorre el ring huyendo de su adversario. –¡No le des la espalda! –grita el tío. A todos les parece divertido, pero Manolo siente que se le va la vida. Encara a su rival y éste le planta en el rostro tres jabs y un crochet. Cae al suelo y quisiera quedarse ahí por siempre. El réferi cuenta y agita sus manos con cada número.

En un acto de autotraición sin precedentes en su vida, Manolo se levanta antes de que el juez pueda declarar su derrota. Huye como puede de su contrincante hasta que suena nuevamente la campana. Tres minutos duró ese eterno asalto. –Si ya no quieres seguir tiramos la toalla –dice el tío.

El campanazo suena como un cuchillazo en el corazón de Manuel. Nunca dejó de respirar agitadamente y ahí está otra vez, tratando de sacar provecho al dinero de la inscripción. En esta ocasión suelta golpes frenéticamente, pero descuida la guardia y recibe tremendo gancho al hígado. De ese golpe no se puede recuperar y el réferi da por terminada la pelea.

–Se siente más duro que un balonazo en la panza –explica después con sus palabras, mientras come tacos de canasta.

Así fue la primera pelea de Manuel “Mantecadas” Mendoza, cinco veces campeón mundial de peso pluma.

 


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