Este 1 de julio, el Senado de los Estados Unidos aprobó la gigantesca reforma fiscal y de gasto conocida como “One Big Beautiful Bill” por votación de 51 a 50, con el vicepresidente J.D. Vance emitiendo el voto decisivo tras cuatro días de tensas negociaciones.

La legislación, de cerca de 900 páginas, consolida numerosos mandatos de Trump: extiende permanentemente los recortes fiscales de 2017, expande beneficios para trabajadores con propinas y refuerza fondos para defensa y seguridad fronteriza. Pero incluye también reducciones importantes al programa Medicaid, así como a cupones alimentarios y créditos para energías limpias.
El proyecto está diseñado como reconciliación presupuestaria, lo cual permitió superar el filibusterismo al evitar los 60 votos requeridos. Sin embargo, apenas tres senadores republicanos —Susan Collins, Rand Paul y Thom Tillis— se unieron a la oposición demócrata, debido a recortes y sus efectos en el déficit.
Durante los intensos debates, incluidas sesiones maratónicas de más de 24 horas conocidas como “vote‑a‑rama”, se introdujeron ajustes clave: se creó un fondo especial para hospitales rurales, se condicionó el acceso a Medicaid a requisitos laborales, y se eliminaron incentivos fiscales para energía eólica y solar.
¿Qué sigue? El texto regresa ahora a la Cámara de Representantes, donde debe aprobarse antes del 4 de julio, fecha que Trump impuso como meta para su firma. Pero la versión enmendada del Senado, con recortes más profundos a Medicaid y un déficit proyectado en 3.3 billones de dólares a 10 años, ha generado resistencia dentro del Partido Republicano, especialmente de conservadores fiscales .
La imagen que deja esta votación es la de un Senado dividido, que avanza en la agenda de Trump con apenas el margen necesario y a costa de profundas concesiones internas y sociales. (Agencias)












