Lo ocurrido ayer durante el informe de la senadora morenista Anahí González dejó al descubierto lo que muchos dentro y fuera de Morena ya dan por hecho: el próximo año será de choques frontales, jaloneos abiertos y una disputa sin disimulos por la candidatura a la gubernatura de Quintana Roo. La narrativa de la “unidad” comienza a resquebrajarse y lo hace, paradójicamente, desde eventos que deberían ser institucionales.
La presencia de la gobernadora Mara Lezama en el informe no fue menor. Acudió como un gesto político de cortesía, de respaldo institucional y de disciplina partidista. Sin embargo, ese gesto fue respondido con una escena que el llamado marismo interpretó, con razón, como una descortesía extrema: la transmisión en pantalla de un mensaje del director de Aduanas, Rafael Marín Mollinedo, quien desde ahora —y con una anticipación que raya en la imprudencia— se promueve como “la única opción” para la candidatura de Morena al gobierno del estado.
El momento terminó de descomponerse cuando la porra de la senadora comenzó a corear “gobernador, gobernador” en favor de Marín Mollinedo, justo frente a la mandataria estatal y con el senador Gino Segura presente, identificado como la carta política de Mara Lezama para la sucesión. El mensaje fue claro: la supuesta unidad es apenas cosmética y, debajo de ella, los grupos ya se mueven, se posicionan y miden fuerzas sin el menor cuidado por las formas.
Dentro del marismo, el episodio fue leído como un acto de mal gusto, a destiempo y de evidente deslealtad política. Anahí González permitió —y alentó— que un informe institucional se transformara en un mitin anticipado, con camiones, mantas, lonas y consignas que evocan prácticas rancias del viejo PRI, ahora recicladas bajo el lema de “renovemos el movimiento”. Todo, menos un ejercicio de rendición de cuentas.
Más allá del ruido y la parafernalia, el fondo es todavía más delicado. El supuesto destape no fortaleció a nadie; por el contrario, evidenció un uso propagandístico del cargo y una falta de respeto a la investidura de la gobernadora. Peor aún, expuso que el apoyo mostrado es reducido y forzado, dedicado más a provocar que a construir. No es menor recordar que la propia senadora Anahí González llegó al escaño gracias a un acomodo político —el llamado “calcetín indígena”— hecho a su medida, lo que vuelve todavía más cuestionable su papel como promotora de rupturas internas.
Si algo dejó claro este episodio es que 2026 no se va a definir con discursos de unidad ni con escenografías improvisadas. Morena en Quintana Roo entra en una etapa donde la guerra interna ya comenzó, y lo hizo sin máscaras, sin tiempos y sin respeto por los espacios institucionales. Lo de ayer no fue un informe: fue el primer aviso de una confrontación que apenas empieza.












