Impresiones de un recién llegado XII | Por Rodrigo De la Serna

Posted on septiembre 18, 2017, 5:35 am
11 mins

Con esta entrega finalizan estas “impresiones” de un recién llegado a San Miguel Allende, proveniente del Caribe Maya Mexicano hace ya un año. Se agradece su atención. 

XII

En San Miguel de Allende hay un tianguis que llaman “la placita”, un sitio que puede merecer otras denominaciones: bazar, mercado de pulgas, expendio de mercancía diversa, legal o ilegal, etcétera. Para mucha gente, “la placita” es la mejor locación para adquirir lo necesario (o lo impensable), a precios accesibles.

Ropa, prendas para casa o trabajo, calzado, herramienta, chucherías, comida, productos perecederos, chácharas, electrónica, desechos, plástico en mil formas y más variantes son algunas de las ofertas. En Playa o en Quintana Roo, no recuerdo un mercado comparable, no tanto por cantidad o tamaño, sino por la afluencia y renovación de los productos.

Además se instala martes y domingos, señal que así funciona bien. Se le encuentra justo en frente del mall de San Miguel: la luciérnaga, con las firmas reconocidas: Liverpool, Office-Depot, Soriana, etc. He ido varias ocasiones a esos antros y a la placita, más que nada por lo que demanda eso de “instalarse” en un mundo nuevo.

Trastes, plásticos, lámparas y derivados, fueron compras principales. Pero confieso que no resistí hacerme de ropa; y me brotaron impulsos en contra, recelos que habré conocido hace décadas, cuando tuve mis primeras experiencias en bazares y mercados de pulgas, oficiales como La Lagunilla o los clandestinos.

Oh, la fayuca que llevaba doña Sarita a la Secretaría de Recursos Hidráulicos, su insistencia en que era mercancía nueva, totalmente de fábrica; se lo creí y le compré una camisa Charvet (de seguro ya una copia) en cómodos abonos, lo que podía pagarle con mi sueldo de burócrata.

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1980. Sn Francisco, California. Mis cuates y yo somos viajeros asombrados que descubren los almacenes “9-5… / one-dime-stores…”, todo por diez centavos de dólar. La calidad de ciertas prendas me impactaba por el precio, no por la Marca. Un día vi la caridad a la manera del “Salvation Army”; y vi la gente que además de ir por unas garritas gratis, de paso comía y se quedaba a pasar la noche. No sé si el precio que pagaban era poco o mucho, primero debían zamparse el catecismo al estilo metodista, luego les daban su premio.

En unos duros días de frío maldito, recuerdo haberme comprado un par de chamarras de esas de guerra… por veinte pesos, no más. Y ya desde esos días no me vibraba bien eso de ponerse ropa de otros, aunque fuese casi regalada.

Después fui asiduo a la tendencia Ciudad Gris Años 80 siglo XX… y sus bazares por San Ángel, Hotel de México, Pericoapa; fui llevado más a instancias de mujer que por ansias de compra. Y cómo olvidar el tiempo que viví en calles de Coruña… una zona tomada por comerciantes establecidos.

Ahí los precios eran de miles, así andaba la moneda entonces; se trataba de compra-venta, nada de remates o donaciones; uno también veía cosas de 2ª mano, ropa y muebles usados. En el bazar de la Nápoles uno esperaba a La mujer, que atendía su changarro de ropa femenina; algo iba aprendiéndole uno a esos vericuetos. En la pausa para comer a Ella confesé mi fobia a comprar ropa de segunda mano, o usada, marcas patito; lo habré dicho con la típica incoherencia que hasta hoy me caracteriza.

Increíblemente cuando acabé dijo que me entendía. Por detalles así uno se enamora… “¡ella sí me agarra la onda!” Me contó que algunos marchantes le hacían una especie de limpia a los cargamentos o pacas, cuya procedencia conocían en papel; pero nadie estaba 100% seguro de saber dónde estaban los que dirigían el tejemaneje del negocio.   

¿En qué consistía esa “limpia” de la mercancía, por qué se le hacía? Si se podía, el mercader contrataba una mujer u hombre capaz de quitar el mal de ojo, la picazón de las envidias, la señora que hace amarres que ni dios desata… Y si no, entonces iba la sahumadora de los concheros, la partera callada, el señor que bendice en lengua maya la obra negra de los albañiles… Iba cualquiera de los cientos de miles que en México mantienen contacto con la realidad aparte.

Quitaban malas presencias. Posibles huesos de ánimas que no descansan. Vibras raritas o lo que fuera, pero que se fuera de la ropa y cosas que iban a venderse. Tras ello la marchanta o el mercader se sentían gratificados, su “merca” fluiría limpiamente, sentían que venderían más y más rápido –meta preferida de todo comerciante.

Me asombró que eso tuviera tanta vigencia en pleno 1984… Nada parece más absurdo a un buey de 22, que lo hecho por otros pero para él es lo viejo, un sin sentido, menos que subjetivo, una pendejada: no es “lo de hoy”. No estaba de acuerdo pero… allá ellos y sus cosas. Por dentro, en cambio, justificaba mi reticencia a comprar ropa usada por aquello de evitar pulgas o infecciones cutáneas. Para nada por prejuicios, lo juro.

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En 1988 vine a vivir a San Miguel. No recuerdo haber sabido de la placita, a lo mejor porque no existía aún, o porque uno sabía que era en Moroleón donde la ropa era el gran negocio. También porque la computación y la informática aún no se hacían imprescindibles.

Y sobre cierta ropa que uso estos días necesito decir: la compré en la placita, a excelente precio y de buen material. ¿Qué cómo fue si antes era uno tan rejego para eso? Si se me permite hacer a un lado el hecho puramente económico, me decidí por aplicar un consejo dado hace lustros por otra bella comerciante: “…pálpala, víbrala, establece conexiones con esa mercancía… y a ver qué sientes… si no te llega mala onda no hay pedo.”

Y ahí está el viejo antes siempre escéptico, en un mercado de pulgas haciéndose de suéteres, camisas y toallas, etc. Debe creérseme que a cada prenda la vibré requetebién invocando a Ganesh, a Yum Cha’ak, a Santa Diabla Bien Buena… y en verdad de ninguna recibí vibra malora. Antes de llevarlas a la casa mejor las dejé en la lavandería –esta vez por consejo de una mujer perversa de por acá.

Ahora ando contento con esa ropa. También se deberá a que me reencuentro con vestuarios y accesorios poco usuales en el Caribe; tras un año ya no me resulta extraño traer pies y cuerpo siempre cubiertos, o comenzar a ponerse un saco en las mañanas que ya han dejado de ser templadas; hace tiempo que me gusta mucho dormir siempre tapado.

He vuelto desde 2016 y sumo la placita a mi lista de cualidades san miguelenses: el Parque Juárez, la pirámide, los lunes cuando la ciudad es para sus ciudadanos y menos para turistas (como Playa o Tulúm). Aquí la variedad de cocina y gastronomía sentados ante un fuego, el modo de hacer que tiene la gente de por acá, sus conciertos y lecturas, su diario vivir entre aires limpios. Y ni modo: con ruido.

Me parece correcto acordarme de Doña Jose y el CMLC, Doña Ofelia y la gran anciana Doña Bety, el Fer, Andrés, el Lalo, las gorditas, el menudo, l@s artistas, los mariscos, los elotes y esquites, de mañanita ver un globo aerostático a lo lejos… y no hace ruido. Poder irse al trabajo caminando unas cuadras.

En parte con ello suplo la ausencia del mar.

La Guadalupe SMA

agosto-sept. 2017

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