Cuando te toque… Apuntes sobre un suicida público y una víctima anónima | Por Rodrigo De la Serna

Posted on abril 13, 2019, 10:51 am
20 mins

Por Rodrigo De la Serna

El hecho de que un personaje público se quite la vida, puede leerse sólo como un suicidio más entre los cientos que a diario hay en México desde hace décadas. Quien se quita la vida le ha perdido el miedo a la muerte. Tantas veces la vida da más miedo que su supuesta rival.     

Un suceso privado trascendió para hacerse público, fue “la nota del día”, un twitt y meme muy vistos. Al morir un personaje público de nombre A. Vega Gil, de forma privada (variante suicidio), tienen toda la razón quienes lo leen como una decisión propia, además especificada en una extensa despedida. Otra lectura es que un bajista se mató porque una denuncia anónima por acoso deshacía “su credibilidad pública”, fundamental para su diario quehacer –según reza en su manuscrito. De la víctima-denunciante no puede leerse mucho por su condición de anónima, pero está bien claro lo que cuenta en su WhatsApp.

La condena anónima, señalar, acusar en lo oscuro (aun si se tilda de “confidencialidad”), siempre ha gustado. La Inquisición la incitaba para su cacería de indios, brujas, negros, herejes, judíos, renegados, apóstatas –los cargos en boga. Voltaire sugería: “intriga, intriga, que algo queda…” En México actuar en montón y/o en el anonimato, aún es parte de la tradición más aceda pero segura. Funciona. Personalmente considero una mierda eso de tirar la piedra y esconder la mano, lo haga quien lo haga. Pero trato de entender toda circunstancia si se trata de una mujer –herida, violentada, ultrajada, acosada y todo lo adjunto al abuso. Igual si es india, capitalina, provinciana, rica, migrante o quien sea.

Desde el principio nunca fui cercano a Vega Gil, ni en “la rockola”, tugurio donde tocábamos, él con botellita de jerez, yo el desadaptado que abría la noche onda 1983. Armando era el bajista y el mamerto del grupo, el Sergio y el Paco más cuates, los tres: talentosos. Habremos compartido antro por cosa de un año –¡la primera gira con “estrellas del rock latino”! En ese tiempo y años después, cuando volví a toparme a los botellos, la vibra no cambió; ése bato y este negro nomás no nos caíamos… ni modo.

Supe de la incursión de Vega Gil en las letras, un autor estimado en círculos capitalinos, una figura pública que gustaba de publicar, tocar y aparecer en medios y foros. Ignoro la naturaleza de su obra escrita, le recuerdo su labor al bajo y en coros, y, como mencioné antes, nunca me fue cercano. ¿Entonces por qué me meto en camisa de once varas?

Este deceso no es único de nota roja –aunque todo el país lo sea. Se lee también como un detonador, otro banderazo de salida, la luz verde dada por una denuncia anónima de abuso/acoso sexual. Los efectos se hacen públicos al saberse como repercusiones de una calentura, el derrumbe de la reputación, una salida antes impensable. Por muy privado que sea un suicidio siempre es una declaración pública.

Nada nuevo. Pero con una denuncia anónima ha sonado la hora del ojo por ojo, caiga quien caiga en el mundillo musical –sección dinosaurios. Hora de aprovechar el viento a favor. Si lo anónimo antes garantizaba el show de la hoguera y buenas sesiones de tortura, un señalamiento del dedo flamígero de la vaginocracia modelo 2019, ha cobrado, y bien, su primer ajuste de cuentas público. El hembrismo se anota otro tanto a su favor.

Llamar a este texto “cuando te toque” es por si un día de estos, a mí o a ti, camarada de instrumento, nos ponen el dedo y luego el sambenito. Desde niño he visto al señalamiento y la condena como uso y costumbre, por ejemplo inculpar por robo (caso Juan Gabriel y sus respectivos años en el bote). O para cobrársela a alguien que no cae bien, nomás eso, y que su negocio, su grupo, se quiebre. Como quien delata a sus hermanos del alma como disidentes y le dan un puesto en el gobierno. Hoy presencio que alguien anónimo pone el dedo sobre un autor que conocí, y atestiguo sus efectos.

Por un extenso lapso dediqué mi ser y tiempo a la música. Comencé por 1981, después entré en el negocio y me salí en 2003. Un tramo con altas y bajas, entrega más o menos total, e increíblemente con obra grabada. Y en el camino hallé mujeres de todo tipo y edad. Hasta antes de tocar uno era un perfecto idiota para ligar, siquiera aproximarse a una mujer. Empecé a sonar y todo cambió. Nunca olvidaré la primera belleza que se me acercó preguntando de quién era la última rola –cuando uno tocaba en calles de la Zona Rosa. De lo demás no me acuerdo. A ver si no se me considera un cargo agravante haber incitado que una joven, de 19 me dijo, se acercara a un vagabundo con guitarra.

A partir de entonces mi mundillo musical creció. Y, discúlpese la vulgaridad, ellas más se acercaron. Uno también a veces iba tras ellas, claro; de todas las sorpresas y bendiciones que trajo la música, mujeres rondando y acercándose siempre fue un buen plus. Con el tiempo uno sentía lo contrario: hay cada pinche loca que uno acababa preguntándose (atracado, desfalcado, golpeado), cómo es posible que gente así ande por las calles.

Desde entonces supe de otras cadenas que se arrastran y se comparten: “el daño que a mí me hicieron ahora lo vas a pagar tú cabrón.” ¿Se me concederá que hay ejemplares violentas, desquiciadas, perturbadas, malignas?, por naturaleza o por traumas. Igual que entre nosotros los feos… también los LGBTTT… y quienes me falten. Si hay una desgracia para nuestra especie se llama “naturaleza humana”, y de ello nadie se libra.

Hay mujeres malas en sentido objetivo y subjetivo, jovencitas o no. Las vi obrar de lejos o de cerca, por la razón que fuese (soy tu fan, me gusta mucho cómo le haces, ¿me enseñas a tocar?), cosa nimia o grave pero sabían hacer daño a hombres y mujeres por igual. Supe de otras: las abusadoras per sé, sus actos sustentan y sostienen la variante patológica del feminismo: el hembrismo. Lydia Cacho las describe más que bien en sus últimas obras, Ana Clavel plasma el lado contrario de la tendencia.

Y bastantes son lesbianas o radicales (veganas, rucas marimachas, tecnócratas, sicarias, millenials), han vuelto al feminismo sólo un arma de venganza; de paso le bajan a los hombres a una que otra. Ignoro si tienen razón o no, pero en ese ámbito femenino también hay una violencia latente, variante crimen-suicidio por amor/desamor/venganza… a ver cuándo se ventilan esos sótanos de la perspectiva de género.

Las mujeres que por el trabajo musical se aparecieron en mi vida, fueron de mi edad o mayores, nacionales o extranjeras, en México o afuera. No me interesaban las chavitas, ni siquiera en los inicios, cuando uno rondaba los veinte. Nunca me metí con chamaquillas porque a mí me gustan las mujeres ya hechecitas en olor, consistencia, ánimo, experiencias, coincidencias compartibles también fuera de la cama. ¿Se me acusará de machista por referir “hechecitas”?

Y créeme mujer que fue difícil. Hay unas que con 16 se ven y actúan como si fueran de 25… en especial el redondeado manejo de sus atributos a las tres AM. Ojalá se considere que no se obliga a nadie a ir a una tocada, una disco, un concierto; la gente que está ahí paga incluso por entrar. Hay millones de rolas con el tema ninfas/groupies/fans/”zorritas”; lo que una vez fue un detalle chic (“She came in through the bathroom window”), hoy es sólo otro lugar común de la industria musical global: la mariposilla que ronda dispuesta a todo con tal de estar cerca del ganador del concurso. Y nadie la obliga a estar ahí. ¿Pronto será políticamente incorrecto hacer esa clase de rolas? ¿O ya lo es?

Luz y sombra. Día y noche. Bondad y maldad, inocencia y perversión, complicada o sencilla, bella o fea, sincera o hipócrita… así es también la naturaleza femenina. Lamento lo limitado de esta categorización ante la inmensidad Yin del universo Mujer. Más no están exentas de los vicios humanos yang: lujuria, violencia, Lady Macbeth, envidia, el juego, la posesividad, competencia, las poquianchis, arribismo, oportunismo… quién sabe cuántos “pecados capitales” más son puestos en práctica por hombres y mujeres en toda clase social.

Que hay un orden de facto denominado patriarcado, es cierto. Que son más de dos milenios de tal orden mundial, es cierto. Que las mujeres, jóvenes, ancianas o niñas, son quienes más padecen el machismo, es cierto. Y todos, en especial los hombres, podemos contribuir a transformar esas leyes, escritas o no escritas. Un día se compartirá la sororidad.

Ojalá asumamos que muchas mujeres también contribuyen al estado y sociedad patriarcales en apariencia –la mamá y la abuela criando al machito desde chiquito por ejemplo. A veces así se cultiva la homosexualidad, abierta o de closet. Espanta que en África sean las más viejas quienes dirijan el “ritual” de la ablación en niñas.

No creo en la culpa como principio ni final, en estas letras la culpa no sirve. Y ya no sé qué pensar de la inocencia. En los hechos Vega Gil al suicidarse ha declarado: primero me muero a que me acaben a pedradas. ¿Es excesivo, perverso, azotado, elegir esa puerta? No lo sé, pero en definitiva su acto tuvo motivos poderosos. Dudo que la denuncia anónima y sus secuelas hayan sido el único factor para terminar con su vida; una lectura de averiguación previa conjeturaría, quizá, que detonó la decisión.

Y en el centro de la situación, en todos los ángulos que tenga, hay que leer lo esencial: una acusación por abuso/acoso sexual hecha por una mujer que no revela su identidad pero afirma que el occiso se propasó, y es hora que se sepa. De acuerdo. He estado, estoy y estaré, del lado de la víctima de cualquier abuso y/o desaparición. Pero cualquier abuso ha de ser investigado y quien sea responsable escarmentado de acuerdo a las leyes, no con el ajusticiamiento mediático. Un linchamiento no es Fuenteovejuna. Y el bajista tampoco es un héroe sólo por irse como se fue.

Si en la denuncia no hubo solamente dolo o mala fe; si lo que hay es anhelo de justicia en la acusación de cualquier víctima (mujer, niño, ancianos, hombre), en el caso de Vega Gil se hace necesario al menos una aproximación íntegra a todas las causas, no sólo la acusación anónima. Quizá las autoridades ya sepan eso y más. Quizá las asociaciones que lanzaron la acusación colectiva decidan seguir el método caiga quien caiga. Quiero equivocarme, asumir que no se trata sólo de ajustes de cuentas pendientes con un motivo hoy mediáticamente inapelable: acoso.

El clima global de moda dice: si ya lo hicieron las gringas ahora lo hacemos acá. Me pregunto si quienes respaldan el lema “me too” en México, tienen presente el asesinato de Digna Ochoa, las vejaciones sufridas por Lydia Cacho, el largo camino de la señora Rosario Ibarra de Piedra, entre otras; fueron abusos que Vega Gil en su momento denunciaba vía su música.

Si ese bajista señalado de calenturiento, si el tipo abusó o no, ya declaró que no lo hizo. Que se le crea o no, es el asunto público de lo políticamente correcto. Hace unos años a mi hermano se la aplicó una loca, discutían en la avenida, la mujer hizo señas a una patrulla, bastó que dijera que estaba siendo agredida y los tecos procedieron, se llevaron sin más a mi hermano a la delegación. Meto mis manos al fuego en su nombre: jamás hemos agredido a una mujer, pero le tocó ser señalado. Ciertamente fue nada comparado con feminicidios, golpizas y violaciones. No es queja, es lo que pagamos por lo que sí hacen otros malditos.

Por todo lo anterior lamento decirle a mis cuates y conocidos de mi tiempo musical, que desde hoy además de asalto, caimanes, balaceras, sindicatos, agandalle, secuestro, extorsión, acoso, prepotencias y bajezas, esperemos que no toque ser señalado por un dedo flamígero, anónimo, revanchista: alguien que se la va a cobrar. De eso se trata la vida en nuestros días: cobrársela a quien sea, todo mundo lo hace ¿por qué yo no?

¿Se considerará causa de venganza el rechazo a una chamaquilla, el distanciamiento de una mujer tóxica, el ardor de una resentida que todo lo sabe? ¿Cómo determinar si lo que alguien denuncia como acoso, no es un ajuste de cuentas pendiente por una situación de negocios?

Por mi parte duermo a toda madre. Vivo y la paso bien, no tengo ni he tenido una doble vida ni cadáveres ocultos. Soy y estoy consciente de haberla cagado en mis décadas de vida, no creo en el perdón, creo en obrar en consecuencia: no volver a… eso. Si alguna o alguien, algunos o quien sea, un día deciden ponerme el dedo no será la primera ocasión. La intriga, la condena anónima puede ser profesional, empresarial, política, religiosa, hoy coronada por su majestad la hoguera mediática. 

Estoy listo, y no como sacrificable ciertamente; un animal salvaje acosado por varios flancos acaso sería preciso. Ya sin nada que perder excepto el honor, como reconozco que le sucedió a Vega Gil.

Si a mí o a ti, hermano del sonido y el abecedario, nos ponen el sambenito, nos niegan el derecho a defendernos, nos exhiben y ya van a lincharnos, pidamos una última voluntad a quien nos incrimine de viejos birriondos: “Mátame suavemente con tu canción”.          

Casa del árbol SMA

abril 2019

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