Obituario (algo excesivo) por un antro | Por Rodrigo De la Serna

Posted on mayo 11, 2019, 1:18 pm
24 mins
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Hace poco me visitó en San Miguel un camarada de Xamán Há, hace cine él. Salió a relucir que cierto tugurio de Playa está cerrado, o clausurado, o lo que sea pero ya no jala. No digo que a partir de eso ya no duermo o vivo en el azote. Saberlo me llevó a ver otros días, épocas como príncipe de una apoteosis ebria y cachonda, incendiando la noche caribeña en el centro cultural-artístico-religioso-y-deportivo… llamado el Blue Parrot.

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La primera ocasión fue una mañana de 1991. Onda las once encontré a Andrés Morales en la quinta, dije que andaba en Playa en busca de un jale. Como siempre el caballero pintor echó la mano, podía contactarme de inmediato, no problem, pero el calor estaba recio, convenía primero hidratarse sanamente con una bohemia. Al mediodía llegamos a lo que uno sabía era un hotel para viejitos, búngalos rústicos entre palmas, palmeras y rodeados por la arena y el mar… y estaba cambiando.

Andrés me presentó a Marcel Schmidt, un güero alemán treintón de más de 1:80, era entonces flaco, de cabello largo y se vestía estilo Bali-GreenPeace-India-World Beat; estaba ocupado en el nuevo bar, la barra amplia, con columpios para mecerse sabroso y la arena como tierra firme. Marcel más parecía uno de nosotros, que gerente general del flamante The Dragon Bar, el restaurant y el hotel Blue Parrot; forjándose su tabaco alemán no tuvo problema alguno en dedicarnos su atención a lo largo de una cerveza.

Andrés se fue a pintar y este negro se quedó a conversar otro rato: de música (y el bato sabía de reggae), del movimiento antinuclear (uno venía de contra Laguna Verde, aquel de sonadas tomas de plantas en Alemania); derivamos al Ziggie’s (ahí nos había oído y no le parecimos desafinados). Y Marcel, genial emprendedor pariente del Barón Munchaussen, creyó interesante que tocáramos en su lugar; así inició un tiempo generoso y fantástico.

Él duró varios años al frente asociado con Rick Jones, que también tenía más pinta de vagabundo del Dharma que de dueño del terreno y marca Blue Parrot. Ese gabacho de greña larga así bautizó a su negocio a mediados de los años 80, como homenaje a un fumadero incidental en la película “Casablanca”. Una noche le pregunté si esa era la razón; él se alegró de que alguien reconociera tal linaje, me invitó a cenar –camarones Rick Style. Luego bebimos por el cine ruco y acabamos destrozando Redemption Songs man…

En el segundo encuentro con Marcel conocí a Rick, era de nochecita y todo sereno; al llegar el mesero los socios me ofrecieron una bebida, pedí Courvoisier VSOP “en coñaquera gallo.” Esa elección a veces desconcertaba al empresario en turno, alguna vez al mesero. Hubo quien me aplaudía embriagarme con esa uva. A otros, como que no les gustaba mucho que un cualquiera pisteara VSOP en vez de cheva, presidente, sauza, don pedro, lo normal.

Días en que a uno le daba por ese dulce veneno no sólo en el antro, sino en todo espacio que implicara música y poesía –la casa, la selva, la casa de ella, el mar, la noche en el boulevard Kukulkán… Marcel y Rick sólo vieron extravagante que este negro pidiese uva buena en vez de lo normal. Eran gente de mundo, nada poquiteros.

Con ellos hice negocios por más de una década: 1991-2003. Fue de las mejores inversiones que concreté en mi carrera grupal. Desde mi trastornado punto de vista, en el Blue Parrot presencié instantes y hechos más allá de utilidades y costos; la mayoría desde la singular perspectiva del escenario y con aura de “artista” –de ranchería pero eso. Otros momentos los viví como persona, local, fuereño, y espero que como amigo de Marcel, de Rick, Mika, Kenji, Maribel… y los mayas.

Estos movían y activaban el hotel, el bar, el restaurant; y de pronto les pedían montar “un stage” para una banda de blancos que aspiraban sonar como negros. Los mayas de Q Roo saben mucho de música padrota (e.g. reggae, reggaetón, soka, dance-hall, punta-rock, calypso, incluso hip hop y la tambora); y le saben a cómo erigir arquitectura (sea nohoch o chan muul), y su mantenimiento, con o sin tecnología. Aún conservo amistades de esos días: mi hermano Chumbo (de vez en vez nos llamamos), y Celso, Martín, Nestora, Don Esteban el conocedor de Yum Chaak… sólo una vez falló su pronóstico climático.

Con mucha arena apisonada y contenida con tronquillos esos chavos armaron aquel primer tinglado, suficientemente capaz de aguantar la bulla de cuatro greñudos; de techumbre colocaron unas lonas chillantes de cervecería. Y en la arena semi cubierta con tablones, sarapes, saltillos, petate y hasta cartón de chevas destazado… descalzo uno sentía aquello como alfombra voladora –los amplis alimentados por una pedorra planta de gasolina para tener corriente, claro. Si no se sonaba amplificado no era baile del bueno.

Nunca fallamos en una tocada. Si surgía X problema técnico el maya tenía un as bajo la chancla y funcionaba: la corriente fluía mediante laberínticas extensiones, medio la regulaba un peculiar regulador de refrigeración ‘78; si el stage ya no se desplazaba a la izquierda era porque lo “sinchaban” con cuerdas de barco a un árbol; un inge electrónico una noche resucitó una torre de tres vías poniéndole un mix de chicle con arena al imán.          

Marcel, Rick y este macewal, por varios años nos hablaremos en inglés Yeah man… Cuando ya medio platicaron en mexicano, hubo momentos que uno invocaba al inglés pa’ evitar malos entendidos. Nunca los hubo en dinero, asunto común en nuestro sistema de castas; los contados desencuentros fueron debidos a personalidad.

Las más de las veces todo era sumamente chido inclusive con premuras por el evento en unas horas, la bronca en la corriente, amenaza de turbonada… y el de la superior que no aparecía. Para solventar la situación se hablaba en la maya, en mexicano, inglés, alemán y quien se apuntara al chisme: italianos, austriacas, el de Chetumal, la única argentina, el francés bigotón, un gringo viejo ya bien pedo a las cinco de la tarde. Al final se hacía lo que los mayas decían desde el principio, y a seguirlos, si no se iba a cebar la onda… Marcel y Rick aprendían palabras y frases regionales, tardaron poco en comprender el significante implícito en el concepto existencial se cebó. Otro rollo era con el teorema Vo’ a viajar

 

MÁS ALTAS QUE BAJAS

Una noche del siglo pasado unos bosquimanos encendieron una hoguera de música en vivo, y se hizo un activo medular del Dragon-Bar-hotel Blue Parrot. Y por años todo fue a toda madre. Cuando nos presentábamos a invocar la revolución, santificar a las putas, el viaje, la danza y la catarsis, los números eran de lo mejor, mucha mujer, pocos feos, todos contentos, todo en cash. Consentidos y bien chiqueados estuvimos hasta por el ’99, creo. Y uno se malacostumbra…

Para colmo por años fuimos los únicos a quienes se nos atendía a la carta, la barra abierta CxC (cuenta por cobrar), cierta preferencia en el bar asaltado por 800 personas. Como al principio veníamos de Cancún Marcel siempre ponía el hospedaje, si era posible en los búngalos del hotel, si no, en el elefante, el corto maltés, etc.

Estimo que el 95% de las tocadas fueron buenas; el pelo en la sopa se debe a que nadie es perfecto. Verano ’93: Marcel y Rick se aferran a un capricho; y algo sabe uno de berrinches. Como nadie se baja de su burro nos mandamos mutuamente a la chingada –en términos de negocios por supuesto. Pero con esa dedicatoria. Ellos descansaron de nosotros y viceversa.

Por vez primera en años, el grupo se presentó en otro antro que no era el Blue Parrot de Playa. Silvia y Jorge nos contrataron en su Caribe Swing. Una madrugada Marcel y yo nos encontramos en el Mambo Club del Christian Beck; la seguimos en su casa, más tarde cortésmente su mujer invitó a la mía a la terraza. Marcel trajo a la mesa papel, plumas, el pomo. Para el regreso al BP hicimos un contrato fantástico, un galimatías honorable, perfecto para unos ebrios que se reencuentran como cuates –o viceversa. Los honorarios acordados eran dignos, buenos, como siempre. Al salir, en el mar del alba vimos un silencioso crucero de cien metros de altura, exagero: 97.

Un día los propietarios del antro tuvieron al fin un escenario a su gusto: el Filmore South Playa del Carmen, así llamaron Marcel y Rick al escenario pintado por el Andrés, un stage definitivo, como desde el principio habían dicho los mayas que se hiciera.

A lo largo de ¿unas trescientas noches y días de concierto?, los indios distintos bosquimanos siempre fueron a más, no como borrachera o perdición como dicen ciertos medios, sino en búsqueda. El antro se hacía punto de encuentro, de partida, casi un espacio múltiple alrededor de una idea musical asociada a otras artes. Performances con teatreros, pintores, danzantes y alguna vez con poetas, tuvieron un clímax en el evento Playarte ’96 –excelente sueño tropical y al final desastre financiero. Y vaya que Marcel y Rick apoyaron.

Una noche ayudamos a apagar una quemazón en las palapas de la playa, cadena humana con cubetas desde el mar y toda la cosa; nada grave por fortuna. Otra noche Marcel tomó el escenario, ataviado a lo Jim Morrison leía su poesía, a su lado el Ozzie distorsionándose con la lira. Era grato caer al Blue Parrot sin tener que trabajar.

Entre ’92 y 2000 este negro ahí alternó con músicos negros (veracruzanos como Splash o de las West Indies como Patrick Quest, Englishman Maurice, el Bryan de Trinidad). Se palomeaba con Maná, con negros de Belice, Mississippi o Puerto Vallarta, con la Maldita Vecindad, con capitalinos o de Acapulco, con el Saúl Caifán, el gran Julius… y tamboreros, guitarreros, saxofonistas, bataqueros más bailarinas, actrices, tiburones y algún inglés que se anunció como parte del personal de Bowie –y pegó sus buenos gritos el bato.

Por más que intento no puedo acordarme de las mujeres en esa década. Sólo veo sombras, acordes, aromas, éxtasis, caídas al seguir el rastro de tu sexo en la selva… Está bien: sí hubo mujeres, de mi amnesia sólo puedo aducir que uno no entendía nada de francés, holandés, italiano, noruego, portugués, suizo-alemán… ¿para qué?

Me malacostumbraron te digo… Otra madrugada abusé de mi condición de Dionisio; entre sombras fui agarrado por una beldad cuya única demanda era brindar con champagne, normal en una diva felina y eléctrica a las cuatro y media am, por eso estaba uno con ella: por imposible. Y sí: estaba bien buena pero eso es lo de menos.

Todo estaba cerrado. A paso calmo fuimos al depa del Mauricio gran cuate y gerente mañanero del Dragon bar, y lo convencí de que sustrajera de la caja fuerte el champagne porque… ¡así debía brindarse con aquella sinuosa femme-fatale! En cinco minutos el compadre cumplió con el precepto cardinal de las malas compañías: la amistad es lo primero. Con aquel Moet a la mano y la escultura viviente del brazo, salimos del blue parrot por la playa, aún oscuro, Cozumel relucía, no recuerdo más.

Al día siguiente hacia las dos pm ya estaba uno listo ante el Mauricio, con el Moet de repuesto y un billetín adjunto –que rechazó. A cambio pidió que esa noche tocáramos a Maxi Priest y Amalia. Pactos de caribeños si quieres… Vi desfilar como mil gerentes, con algunos aún me contacto: el Peter, el Jaime (que para celebrarme un cumpleaños a las tres am hizo magia y apareció un Courvoisier), el Ron; otros no valen la pena.

Sobre todo ello destaca una mujer yuca-regia, la güera Maribel Ortiz, a quien conocí (¿1995?) en las escaleras de las oficinas, uno iba a confirmar fechas, ella esperaba audiencia. En la recta final de este macewal en el Blue Parrot (’99-2003), con esa simpática chaparrita que se hizo del poder a la mexicana: con paciencia y fuerza, haré los últimos tratos una vez que Marcel ya se había ido y Rick se retiraba de la oficina.

Uno llegó a sentirse parte de ellos no sólo por un negocio benéfico, sino por saberse cercano, de la casa. En los años en que todo empezó a mutar, a complicarse, a privar la mezquindad y la cocaína, comenzaron los intentos por arrebatarles el Blue Parrot; ante una asquerosa jugarreta que les aplicaban círculos oscuros, hasta uno echó la mano a Rick y Maribel ante judiciales y abogados en jauría. Finalmente el hotel siguió en sus manos.

Gente célebre era asidua al Blue Parrot con o sin música en vivo. Paco de Lucía, Saúl Hernández, Claudia Ramírez, Betty Monroe, Maná, ex gobers y el gober en turno, algún conde italiano feliz de su anonimato. Poco a poco gente de Cancún fue cayéndole a Playa, no eran célebres, pero pronto lo serían como Yax-Chéh, 100% Natural, Carlos & Charlie´s

ANTRO Y COMUNIDAD  

¿Qué significa un antro para una comunidad? Depende; ¿significar en cuál sentido?, ¿étnico, socio-político-histórico, estético-económico, financiero, existencial, Turismo Zen? Desde el principio unas voces se alzaron contra el antro: ruido, inmoralidades, suertudos. Much@s respondían a favor: no problem. 

Uno se permitía abrir las noches del fin de siglo presentando al Blue Parrot como centro deportivo-religioso-artístico-y-cultural… Por el deporte implícito en tanta danza y cuerpos tocándose… Religioso por la manera de pistear y polvearse en algun@s… “artístico” por proponerse una catarsis en vez de entretenimiento típico (yo era Silvestre Revueltas III)… y cultural porque la fiesta hecha con ganas es un rasgo propio de toda comunidad.

Tal vez nuestros conciertos llegaron a ser geniales por el molox resultante: locales, güeras y güeros, chilangos o las del norte, europeos, canadienses, uruguayos, ingleses… y tod@s en la frecuencia Niños-no-Orgasmo-sí. Y molox dícese de aquel refuego que es una gran mezcla bien padrota ija. Esa cultura de fiesta y catarsis fue diluyéndose con la epidemia digital/tecnocrática/corporativa.

Un día me fui, otro día volví de Europa, harto y medio perdido. Rick me presentó a los nuevos CEO, buena gente, pero ya todo era distinto, todos más bien. El último concierto de año nuevo, que por lustros me fue tan significativo, para mí fue terrible en 2003: otro amargo adiós a la vida azul, ya no había nadie conocido en aquella multitud a la espera de “el DJ”… Y no volví  más al Blue Parrot. Sabía que funcionaba a toda máquina, ahora como BPM, mientras lo análogo-rural desaparecía y Playa era devorada por las hordas del servicio todo incluido, cuando con el calderonato se instalaron con descaro los asesinos.

Salí de Xamán Há en 2016. Ya volveré, nunca podré morirme porque allá enterré mi tuch. Cuando supe de la balacera y muertos en el antro me pegó hondo; en la distancia ciertas cosas calan más. A pesar de tantos años de nada tener qué ver con el Blue Parrot, me apenó saber que así se apagaba un “símbolo” de días fantásticos en Playa. Me acordé de la vida azul que tuve, lo bien que me trataron por lustros… la arena, los mayas, las mujeres en bikini sin brassiere, casi todo mundo de buenas, y en la noche un concierto junto al mar Caribe.

GALERÍA INCONCLUSA

Bajista Spin en 1er plano, 3ª o 4ª tocada en el Blue Parrot, 1991.

Marcel y Tati. 1992.

Ahí ‘tán ellos… BP, 1991.

Marcel y ése, 1993, BP.

El Ray, el Ariel, una novia del tecladista.Al fondo el Filmore South Playa… ‘95.

Fallín baterista al fondo; Lalo Pérez lira 1, y un improvisado, ‘96.

…la maldita vecindad alternando con los indios distintos en Playa, BP ‘96.

Con el mero Caifán… ‘97.

Bajista entrevistado por importante corresponsal de la BBC-Chetumal, Blue Parrot ‘97.

Los buscamonos y Maná, palomazo en BP, ‘96.

El sup-Marcos Ñec en el BP, ‘97.

Blue Parrot 2003… De las últimas noches del compositor Silvestre Revueltas III.

 

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