“La Whipala se respeta”: el conflicto boliviano visto desde la Península | Por Gilberto Avilez Tax

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Dicen que Evo fue el “arquitecto de su propia caída”, pues osó “perpetuarse en el poder”. Hay corrientes de derecha que están de acuerdo en esa aserción, viendo lo acaecido este domingo 10 de noviembre pasado en Bolivia, como si se tratara de una “rebelión popular donde se “derrocó al dictador”. Esta es la tesis de innumerables analistas, académicos, politólogos y comentócratas escorados a la derecha, como el caso de José Fernández Santillán, crítico acerbo del gobierno obradorista y de todo a lo que huela a obradorismo. Fernández Santillán es el mayor conocedor de la obra de Norberto Bobbio en América Latina. Su tesis sobre lo de Bolivia, defendida y cacaraqueada por porriles periodistas como Ricardo Alemán, versa en lo siguiente: “En Bolivia no existió un golpe de estado, sino el derrocamiento del usurpador Evo Morales”. El politólogo caracteriza como “usurpador” al expresidente boliviano, pues en 2016, posterior a la pérdida del referéndum para volver a reelegirse, ayudado por el congreso y los órganos judiciales de Bolivia controlados por Evo, éste volvió a reelegirse.

Desde el periódico Excélsior, Jorge Fernández Menéndez también defendió esa idea: “La caída de Evo Morales es la historia de un dirigente social que quiso perpetuarse en el poder modificando una y otra vez la Constitución de su país” (Fernández Menéndez. “Lo tiró la gente, no un golpe”. Excelsior, 12 de noviembre de 2019).

Raymundo Riva Palacios, desde El Financiero, discurrió en contra de la respuesta de México a poner en práctica el derecho de asilo político estatuido en nuestra Carta Magna y la ley en la materia. Para el articulista de El Financiero, existió un “sofisma” de origen del gobierno mexicano para hacer creer al público que la caída de Morales se trató de un “golpe de estado”; esto llevó al articulista de El Financiero a escribir una chorada: “la caída de Evo Morales es un golpe directo al proyecto autoritario que está construyendo López Obrador en México” (“Bolivia y la trampa mexicana”. El Financiero, 12/11/2019). Lo cierto es que, golpe de estado o no, el asilo político es un derecho humano que se encuentra en el artículo 11 de la Constitución mexicana, y en nuestra Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político.

En Tercer Grado, el cada vez más reaccionario periodista Sergio Sarmiento, no sólo “sugirió” que lo de Bolivia no fue un golpe de Estado, sino que deseó que “ojalá tengamos más golpes de Estado”. ¡De ese grado fueron las cabriolas retóricas de estos periodistas a sueldo de la derecha mexicana para justificar la barbarie militarista en Bolivia, obviando la innegable ideología fascista y supremacista del reducido segmento blanco boliviano contra los pueblos originarios!

La respuesta rápida de México ante una evidente situación en que corría peligro la vida de un mandatario que fue forzado a renunciar porque así lo habían “sugerido” las viejas charreteras (la casa de Evo y de algunos de sus familiares fueron rapiñadas; la rica casa-biblioteca del destacado intelectual Álvaro García Liniera, su vicepresidente, con más de 30,000 volúmenes y una de las más completas de todo Bolivia, ha estado amenazada de forma constante por las hogueras fascistas de la irracionalidad), puso en su justo término a media academia mexicana clasista y con visos hasta racistas. Tantos politólogos y politólogas fifís comenzaron a hablar de la “ruptura del orden constitucional”, de las “instituciones débiles” que no pudieron dar “salidas democráticas” a la crisis, del mesianismo de Evo, de la “polarización” ejercida en la sociedad boliviana por Evo, de la debacle de la “democracia” facturada por Evo y su intento de reelegirse nuevamente. Desde el ABC español, Enrique Krauze, el que sí fue golpista virtual cuando, junto con la elite empresarial y una pandilla de escritores a sueldo, orquestó la “Operación Berlín” para hacer por todos los medios posibles que AMLO no llegara al poder en 2018, señaló sobre Evo que: “Su designio era permanecer en el poder porque la esencia del líder populista es seguir siempre en el poder”. ¿Qué se puede esperar de un hombre como Krauze que se refiere al dictador de Ecuador, Lenin Moreno, como de “un presidente con ideas propias”?

Gente de “razón” y de buenas costumbres, civilizados lectores constitucionalistas, doctores eruditos de las ciencias políticas y la democracia, que le prenden incienso y copal al criollismo racista de Santa Cruz, pues a eso al fin y al cabo van sus lamentaciones y sus eructos contra el indio, contra Evo. Tal vez mañana justifiquen, con sus teóricos constitucionalistas europeos, con sus Juan Ginés de Sepúlvedas que hace 500 años justificó la esclavitud de los indios para el engrandecimiento de la corona española, la necesidad ineludible de una nueva tierra arrasada para esos indios que tuvieron el atrevimiento de soñar otra nueva sociedad con una constitución plurinacional que cumple 10 años. Dirán ustedes, fifís del café y de la academia extranjerizante, que todo lo jodió Evo y que en ese camino nos arrastra el “mesías tropical” de Macuspana. Ya lo han insinuado los Raymundo Riva Palacios y tantos otros letrascanallescos.

Ante toda ese mar de tinta producida por la crisis boliviana, un razonamiento de José Antonio Crespo, siguiendo las tipologías de Max Weber, aclara mucho la cuestión: “En Bolivia hubo, a mi juicio, una combinación de movimiento popular ante un fraude electoral –quizá con injerencias interesadas incluso del extranjero– que llevó a policías y militares a claudicar y favorecer la renuncia forzada del presidente (que es el componente golpista, pero en una variante suave)”. Lo dijo Crespo en el portal de Letras Libres (Bolivia: ¿Golpe militar o rebelión popular? 12 de noviembre de 2019). A mi juicio, y por toda la simbología racista y simbología de golpe mismo y de anuencia yanqui que hemos venido observando posterior al golpe de Estado, creo que hubo más, muchos más componentes golpistas pringados con un tenue movimiento popular orquestado por la oligarquía, el Ejército, y con nexos con el gobierno de Estados Unidos. Eso es lo que rebelan los 16 audios que recientemente fueron filtrados a la prensa, donde se señala un complot de la oligarquía, el alto mando militar y los yanquis: lo de Bolivia podría leerse como de una coyuntura de rechazo oligarca a la permanencia en el poder de Morales, los ímpetus personales de éste por permanecer en el poder, pero de que el golpe fue fraguado y realizado, eso sin duda es cierto.

¿Qué es lo que le duele a la derecha latinoamericana? ¿La permanencia en el poder de un hombre que en menos de 15 años sacó de la miseria a su pueblo, que nacionalizó los recursos naturales neurálgicos del país, que posibilitó un nuevo pacto constitucional con una Constitución que incluyó como nunca antes a las “naciones clandestinas”, a las civilizaciones subalternas bolivianas, a los aymaras, quechuas, grupos amazónicos? Sí, ¡que escándalo para los demócratas de medio pelo!, ¿cómo se atreve el aymara este hacer semejante desvarío? Pero se les olvida a ustedes, señores bien pensantes del dogma de la seudo democracia electorera, que las oligarquías racistas de medio continente se han perpetuado en el poder durante medio milenio, han sido colonialistas, extractivistas, y facilitado el saqueo y la explotación de las mayorías descalzas validos de su derecho despótico de sentirse amos y señores de estas tierras de conquista. ¡Ah, pero el indio quería un nuevo periodo!, ¡qué descaro!, ¡qué inaudito! gritan, se lamentan y se espantan los oligarcas criollos y sus caniches y paniaguados.

– ¡Cómo se atreve ese campesino cocalero!, ¡que no vuelva a cundir el mal ejemplo de darle dignidad y voz a los indios!, ¡no queremos nada con esos dictadores de color, con esos mulatos, esos mestizos y esos indios igualados.

Lo cierto que, en nombre de la “democracia” y de las “instituciones democráticas”, el criollismo boliviano le va entregar el país al yanqui, el litio, el agua, el gas.

Lo cierto es que el grotesco racismo de las élites bolivianas, muy ventilado estos últimos días (sacar el Whipala y a la Pacha Mama de los lugares públicos y remplazarlas por la biblia y el crucifijo), es una prenda común en las sociedades latinoamericanas. Pasa en México con los chistes clasistas contra el Ejecutivo actual, y ha pasado en otras partes y en otros momentos de la historia. Como es el caso del Chiapas antes de 1994, y como sigue siendo, subrepticiamente, en Yucatán. En Yucatán los “dzules”, los descendientes de la Casta, así como algunos “poch dzules” de los pueblos, han gobernado de espaldas a la sociedad maya y seguirán haciéndolo porque aún hoy en día existe una desigualdad estructural de oportunidades y de desleimiento de la necesaria construcción política liberadora del pueblo maya que solo tuvimos en el periodo socialista de Carrillo Puerto, en el que se dio hasta un “resurgimiento” del orgullo étnico del pueblo maya, mediante las Ligas de Resistencia Socialista en los pueblos. Después de ese tiempo singular, las aguas volvieron a sus cauces “normales”, y los años del socialismo yucateco fueron institucionalizados, hasta vaciarlo de contenido. Por el lado de Quintana Roo, la historia es muy similar: de una resistencia autonómica en el siglo XIX del pueblo maya, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el turismo y el clientelismo político vendrían a “pacificar” a los antiguos rebeldes. Hoy los derechos indígenas en Quintana Roo, están maniatados a los intereses del Estado regional.

Lo que muchos no ven -tantos los críticos como los defensores del golpismo- es que hace exactamente diez años, para 2009, el gobierno que presidía Evo Morales promulgó la primera Constitución Plurinacional de la república de Bolivia que hizo visible a los pueblos originarios de ese estado andino, invisibilizados por tantos años de colonialismo y neocolonialismo racista.

La boliviana es una Constitución epónima y paradigmática en materia de derechos indígenas.

Y de ahí la importancia suprema de defender no al gran líder, sino a todas esas esperanzas de un pueblo menospreciado, excluido y ninguneado por el racismo criollo boliviano, que se acunaron desde 2009 en Bolivia; esperanzas que rindieron fruto con el magnífico trabajo de Evo, sacando de la pobreza a su país. Una vez tomado el poder en 2005 como producto de las luchas populares desde la Guerra de Agua en 2000, la rebelión de El Alto en 2003, el gobierno de Evo planteó desde el primer momento, la “ampliación de las élites”, la ampliación de derechos y una nueva redistribución de la riqueza. Esta ampliación de derechos, para Adolfo Gilly, más bien significaba el cuestionamiento mismo de la dominación histórica de las élites, viejas y nuevas, de Bolivia. Se cuestionaba el “entramado hereditario” del mando despótico de esta élite blanca y de su República racial que, en un momento de los primeros años del gobierno de Evo, el departamento de Santa Cruz, donde se concentra la población blanca y mestiza, dio visos de secesión. Esa minoría blanca, que hoy vuelve transfigurada de fundamentalista evangélica escorada a Washington, sabía que desde que Evo llegó al poder, se jugaba la continuidad de un poder que tenía sus orígenes en el siglo XVI: “su poder no es negociable, sus tierras no se tocan, su derecho de mando despótico reside en el color de la piel, no en el voto ciudadano. La minoría blanca no está dispuesta a ampliar en sentido alguno tal derecho despótico” (Adolfo Gilly. “Racismo, dominación y revolución en Bolivia”. La Jornada. 22 de septiembre de 2008).

Tenía razón Adolfo Gilly, la minoría racista, y los que solo tienen como atributo la blanquitud, no estuvo dispuesta a ampliar el derecho en Bolivia. Lo hemos visto recientemente con esas imágenes grotescas de la biblia encima de un Whipala, o policías blandiendo crucifijos y biblias y dispuestos a ir a reprimir al pueblo. Ante esto, se pregunta Enrique Dussel:

“¿Cómo puede enarbolarse la biblia o el crucifijo para derramar la sangre de los pueblos originarios, gritando: ‘Sacaremos de los lugares públicos a la Pacha Mama y la remplazaremos por la Biblia’? Ahora son fundamentalistas proestadounidenses, antes fueron fundamentalistas católicos eurocéntricos. Ambos han deformado e invertido el cristianismo de los primeros siglos, de un mesías que declaraba ‘bienaventurados los pobres’ y que fue juzgado por el imperio del momento (el romano) como opuesto a la ley levantando al pueblo contra el orden, por lo que valía como castigo el suplicio de la cruz (la silla eléctrica de aquel tiempo). La Cruz (que empuña el policía de la foto de La Jornada) es el signo de la muerte de aquel maestro (rabí) que se jugó por los pobres ante la opresión romana. En la cruz está crucificado el pueblo pobre boliviano que el liderazgo de gobiernos como el de Evo Morales ha mejorado sus condiciones de vida, es decir, no son ya tan pobres como antes (“Los ponchos rojos bolivianos”. Enrique Dussel. La Jornada, viernes 15 de noviembre).

Validos de un complot donde los largos años del Evismo naturalmente desgastaron la hegemonía presidencial, la oligarquía, los traidores altos mandos militares y la mano del Imperio yanqui, forzaron a Evo a abdicar, por más que muchos aleguen que la sugerencia fue una simple sugerencia, Evo no optó por el sacrificio fratricida, las condiciones no están para el sacrificio de él o de su pueblo, y por eso optó por el exilio, no sin antes decir que regresaría, y desde luego que regresará. Ya lo ha señalado una manifestante de las calles, una indígena de pollera:

“Las mujeres de pollera estamos de pie y los policías por qué van contra nuestra Whipala. Esta Whipala se respeta, hermano, se respeta. Estos malditos al Presidente lo han entregado como a Cristo, como a Cristo lo han entregado; pero Dios, estamos felices, porque el Presidente Evo no está solo, más bien está vivo y no lo han matado como a Típac Katari. Esa es mi protesta, y esa es mi molestia”.

En 2014, la antropóloga, socióloga y filósofa anarquista peruana, Silvia Rivera Cusicanqui, desde el Centro Universitario de Ciencias Sociales (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara, se refirió con duras palabras al proceso revolucionario encabezada por el gobierno de Evo Morales. Para Cusicanqui, en la personalidad de Evo “No hay nada de indígena” ni de percibir y ni siquiera habla una lengua indígena. El indigenismo de Evo era solamente, señalaba Rivera, un recurso retórico pues incluso no veía una ruptura del modelo hegemónico “que nos vincula a ser el patio trasero de las grandes trasnacionales”. Puedo dudar de Rivera Cusicanqui, pues en México, los Gilberto López y Rivas y tantos fundamentalistas de la radicalidad escorados a lo que se le ocurra un día sí y otro también a Galeano-Marcos, están en contra y son críticos primeros de AMLO, llamándolo derechista populista y otras imbecilidades. No recurro, nunca, al recurso de la autoridad. Será muy Rivera Cusicanqui, pero prefiero a Adolfo Gilly o al filósofo Enrique Dussel para tratar de entender esta situación que tiene más aristas que la simple perpetuación en el gobierno del “populista” Evo. Además, una pregunta, si Evo se encuentra muy en el “centro de la derecha”, como Rivera Cusicanqui lo posicionó en 2014, ¿por qué mierdas los oligarcas racistas de Santa Cruz fueron los primeros en sacar del poder al dictador de derechas? Tiene que ver más con la etnicidad que con la ideología. Pero recientemente, la misma crítica anarquista, Rivera Cusicanqui, se lamentó así de la salida de Morales:

“Estoy muy entristecida porque se ha ido el Evo, pero no se ha ido la esperanza de una Bolivia pluricultural, no se ha ido la esperanza de que la Whipala nos represente en sus diferentes variantes, no se ha ido la esperanza de acabar con el racismo. Tenemos que seguir en la trinchera antirracista, y tenemos que seguir juntando fuerzas para poder articular una sensación de recuperar la democracia en el día a día…Yo estoy con la Whipala y sé que hay muchas clases de Whipala, no hay una sola… Nos duele mucho el indio y la india que tenemos adentro. Depende de muchos de nosotros liberarla y hacerla feliz, capaz de hablar varios idiomas, de tener una figura de pensamiento teórico. Eso es para mí lo indio”.

No hay tiempo para la tristeza. Hoy ante la crisis boliviana, tengo la esperanza de que el pueblo boliviano defienda los derechos ganados en 13 años del gobierno de Evo en el poder. Por fortuna, Evo no está muerto como Túpac Katari. Volverá.

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