Memorias del subdesarrollo millenial, 2 | Por Rodrigo De la Serna

Posted on enero 27, 2018, 6:00 am
6 mins

Pan y palo… decía don Porfirio. Pan y circo… hacían los romanos.

El poder en sus variadas formas, en ocasiones se permite una depuración de sus heces, una gesticulación masiva con culpables diversos, pueden ser empresariales, políticos, del hampa –que en tantos casos son lo mismo. El linchamiento como negocio, es redituable si además se ejerce sobre alguien de la farándula, los medios de comunicación y/o la www. Que en tantos casos ya son lo mismo.

Hoy están a la vista unos tipos, atrapados con las manos en las nalgas y órganos sexuales de niñas y muchachas. En el aire se oyen aplausos. Hace poco se le quiso aplicar la ley a un cura fundador de legionarios, que por décadas hizo lo mismo a sus muchachos esclavizados, y también con permiso de sus padres. Hubo consecuencias, cierto. Pero ayer todavía el vicario de la iglesia católica andaba pidiendo perdón al sur del mundo, porque allá, como acá, la gente aún tiene que soportar gentuza en sotana o traje de padre de familia, que por décadas encubren a honorables pederastas en el mundo libre.

Los hoy condenados no son bufones aun cuando lo parezcan. El bufón –el paiyou en China hace tres mil años, el enano en las cortes mayas y africanas, el idiota tan apreciado por eslavos y escandinavos–, es quien no es “normal” porque desconcierta a quienes presumen de serlo. Qué más quisieran los condenados de la globalidad mediática, tener la chispa trickster de un Touchstone o el Fool shakesperianos, el Triboulet de Víctor Hugo. Lejos de ellos, quienes hoy portan sambenito de culpables sólo necesitan más maquillaje para ser sólo payasetes, y muy malos en todo sentido. Ahora deben entretener de otro modo, antes eran modelo de pensamiento y obra tras cámaras, hoy son útiles porque van en picada.

Y quienes los han solapado son los que más atizan la hoguera.

Algo similar ocurre con políticos, delincuentes de cuello blanco y los capos del hampa, que tal vez sean lo mismo. El día que son puestos a actuar como payasos involuntarios a merced del vulgo y los chacales, también se muestra al Estado y su moral como el poder creíble, lo que Debe ser, lo aún vigente para ejercer la utopía, es decir, la ley. Y en estos tiempos la ley… mira las que vocifera el yupi-ruco desde Washington.

De uno y otro lado de la civilización del espectáculo –unos condenan y otros son condenados–, no falta quien quiere dárselas de bufón; es el que ya se asume como payaso del poder y le da por filosofar sentado entre cadáveres y cosas echadas a perder desde hace siglos, como templarios y otras sectas. Ese es el siniestro otro yo de personajes como La Tuta, Fujimori, Rupert Murdoch y el general en turno enjuiciado en Hollywood… venden mejor cuando se los lleva la desgracia.

Y quienes los han encubierto atizan la hoguera vía satélite.

Quienes hayan abusado de cualquier manera de niñas y niños, de gente joven, adulta o mayor, merecen castigo por transgredir la ética y la confianza, utopías para uno más verosímiles que la moral y cultos oficiales. Por tanto, y en consecuencia con lo que entiendo como valores:

Exijo castigo a todo responsable directo del delito, castigo a cualquier participante del crimen sobre abusadxs, secuestradxs, asesinadxs, desaparecidxs, violentadxs, extorsionadxs, torturadxs, acosadxs… cientos de miles de víctimas que desangran a la población mexicana en cualquier latitud, más las víctimas en otras naciones.

Castigo para jueces y coludidos que protegen el cohecho, la alevosía, la asociación delictuosa y vínculos necesarios, para que la industria del abuso y el terror se mantenga vigente, con aliados en países por lo general poderosos, como Suiza; sociedades anónimas que fomentan la corrupción, y en otro frente la critican hasta la saciedad.

En esta trágica farsa algunos se susurran un viejo principio de impunidad: Haz lo que quieras pero si te agarran seremos los Primeros en condenarte… ni me llames.

Y nosotros aplaudimos el golpe, la gesticulación, y no nos decidimos a dejar de pagar, dejar de creer en todas esas complicidades, esas venas y articulaciones del engendro llamado sistema, lo creemos obligatorio para la vida. El mal necesario… dicen.

Antes creía en la fuerza de una pregunta: ¿hasta cuándo? De un tiempo a estos días ya no sé, sólo me queda hablar contigo.

 

 

 

La Guadalupe SMA

enero 2018

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